viernes, 29 de diciembre de 2017

El mundo según Luisa

(Lilian Neuman)

Esta historia, traducida al catalán en 2016 (y ahora al castellano), comienza con un crimen. Pero de índole muy diferente de los que este blog suele reseñar. Elegimos este singular personaje lanzado -literalmente- al vacío del mundo como la forma más perturbadora, feliz e inteligente de celebrar un año más.


Stefanie Kremser. FOTO Ana Portnoy
   Si
el enigma de El día que aprendí a volar, de Stefanie Kremser (Düsseldorf, 1967) se hubiese inscrito en el policial, sería una intriga de leyes diferentes, una investigación en la que el desorientado detective se toparía con un grave asunto de amoralidad. 

   En efecto, el primer llanto de Luisa responde al más bestial recibimiento para una inocente  que viene al mundo. De su madre -personaje del que pensaremos todo, de lo más atroz a lo más fascinante- advertimos su crimen, su fuga y poco más.
   Entonces empieza el mundo de Luisa -o el mundo según Luisa-, y en él el mal y el bien, el abandono, el misterio y la soledad son tratados desde un lugar que, por inusual e inestable, se afirma como el mejor espacio posible, el mejor para entender cómo y por qué nos quieren y queremos, qué somos y qué deberíamos ser.

   Ese mejor mundo está en Múnich, en un piso de alegres estudiantes o aspirantes a una profesión -entre ellos Pau, el padre de Lulú-, impregnado a ratos por el aroma a pachulí de una de las inquilinas. Hay otros vientos y aromas que la pequeña narradora de ojos adultos sintetiza en esta biografía de su familia sin madre. El humo del tabaco del larguirucho Max, sentado horas a su mesa de dibujo, el perfume de Fergus, el gran salvador.
   El tiempo y los destinos harán su trabajo, pero antes de saber qué fue de cada uno (los años pasan, nos hacemos mayores, qué se puede hacer) está la investigación fundamental. Luisa y su padre viajan en busca de los orígenes, desde una familia alemana al otro lado del mundo a la selva  en Brasil. Hasta entonces, la vida era un “metrómono constante y tranquilizador”. Pero allí les aguarda todo lo que no sabían sobre aquella madre en fuga. 
  Tras ese enigma, el relato de la emigración de alemanes a aquel lugar desde el siglo XIX, sobre todo en el sur. Un siglo después, existen colonias que parecen seres aislados y asépticos (como ocurre también en Argentina, en donde alguna parece inmutable respecto al modelo original). Pero también se produce la inevitable fusión con lo local. La historia que descubre Luisa es un sinuoso recorrido -producto del trabajo de investigación de la autora- que depara observaciones certeras: “Simplemente retomamos lo que estábamos haciendo antes de la guerra, y en algún momento fingimos que todo estaba olvidado. Pero para vosotros, los jóvenes, no es ninguna novedad, ¿verdad?”
   La biografía de Stefanie Kremser (Düsseldorf, 1967) es decisiva en esta historia. Autora de documentales,  guionista, novelista, Kremser es de familia alemana-boliviana, creció en San Pablo y, como sus personajes, vivió en Múnich de estudiante. Vive en Barcelona desde 2003 y su anterior novela Calle de los olvidados (Edhasa/Edcions 62), que abre con un crimen -curiosamente, tambíen en forma de caída al vacío-, es el agudo retrato en movimiento de esta ciudad y sus especuladores.
 Si se tienen hijos jóvenes, o amigos demasiado apegados al terruño, o demasiado estrictos en lo que a raíces se refiere, es el momento de hacerles oír esta voz que da esquinazo a la tragedia. Kremser -políglota, sudamericana, europea- consigue que Luisa nos hable a su modo de cuestiones de estirpe e identidad. No se ríe de ellas. Simplemente las agita con fuerza. Pura alegría de vivir.



El día que aprendí a volar/El dia que vaig aprendre a volar
Stefanie Kremser
Entreambos/Edicions de 1984
Traducción de Marina Bornas/Anna Punsoda
285 páginas/288 páginas
17,95 E

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