lunes, 22 de enero de 2018

Un cóctel muy recomendable

(Rosa Mora)

Alba Editorial rescata La dama desaparece de la escritora británica Ethel Lina White, publicada originalmente en 1936
Una secuencia de La dama desaparece, de Alfred Hitchcock
Imagínense: un tren expreso nocturno, envuelto en nubes de vapor, que parte de algún remoto lugar de Europa del Este. Sus destinos serán Bucarest, Zagreb, Trieste...Los compartimentos no demasiado limpios, y abarrotados, gente de pie apiñada en los pasillos. Chacha, chaca, chaca... balanceándose en el traqueteo del vagón viajan un grupo de personas, algunos de ellos ingleses:   
  Iris, una atractiva y adinerada joven que viaja sola por primera vez. Dos caballeros preocupados por ella, una gigantesca y temible mujer -la Baronesa- y su siniestra corte...Y la impagable señorita Froy, una institutriz británica de regreso a casa. 
  Iris siempre había llevado una vida de holganza, rodeada de una alegre tropa de aduladores y aprovechados. Ahora, se enfrenta a la realidad. Percibe una hostilidad soterrada en el tren, no comprende por qué, ni tampoco el idioma que habla la mayoría; se siente desamparada y sólo halla refugio en la señorita Froy. Pero la señorita Froy desaparece. 
  Desesperada,  Iris se implica hasta el delirio en la búsqueda de la institutriz, enfrentándose a los pasajeros que la creen una histérica. Ni siguiera sus compatriotas británicos la creen. En veinticuatro horas, vive más aventuras que en el resto de su vida y aterriza en la realidad.

  Con estos ingredientes, un cóctel perfecto, la escritora británica Ethel Lina White publicó The Wheel Spins (Gira la rueda) en 1936, una novela para disfrutar y pensar. Dos años después la tocó Hitchcock con su varita mágica y a partir de entonces la novela se tituló, como la película, La dama desaparece (en España, Alarma en el expreso).
  Entre todos los logros de esta novela, está la descripción de sus personajes secundarios; aguda y cargada de intención: las señoritas Flood-Porter, la sólida dignidad de las damas inglesas de la época; el vicario y su mujer, tan bondadosos; los Todhunter, una pareja elitista que oculta un secreto. Todos con una biografía excelente.
 
 Una institutriz inglesa
  Quien se lleva la palma es la señorita Froy. Es uno de los aciertos de White. La institutriz apenas aparece, pero la vemos a través de los ojos de Iris: vestida correctamente de tweed, a medio camino entre adulta cursi y joven detenida en el tiempo. Habla diez idiomas y eso y el hecho de trabajar le da sensación de poder. Sus ideas anticipan cambios, aunque en algunos aspectos sigue anclada en el pasado. Le dice a Iris, refiriéndose a las hermanas Flood-Porter: “Son parte de una Inglaterra que se está quedando atrás, gente privilegiada, que vive en grandes casas y no gasta su capital. Siento mucho que se estén extinguiendo”. “Aunque soy trabajadora, sé que esta gente acomodada y amable defiende muchas cosas buenas: la tradición, la caridad, el prestigio nacional”.
  Merece la pena detenerse asimismo en la descripción que hace White de los ancianos padres de la señorita Froy, de escasos recursos, que viven austeramente en un pueblecito de la Inglaterra profunda. De algún modo, recuerdan los apuros de los Bunting en El huésped, de Marie Belloc Lowndes, otra dama del crimen.
  White retrata con sorna, casi con crueldad, a sus compatriotas británicos y su visión del mundo en la década de los años treinta del siglo XX. “Voy a recordar que estas personas no son más que extranjeros. No me tengo que dejar impresionar. ¡Nosotros somos ingleses!”, dice Froy a Iris. “Estos distritos remotos son todavía feudales y van siglos por detrás de nosotros”, afirma uno de los pasajeros británicos. “Es increíble como estos ingleses se consideran la policía del planeta”, opina otro viajero.
  La escritora es muy hábil mezclando este tipo de reflexiones con una intriga que mantiene todo el tiempo en vilo a los lectores.

Una dama del crimen
Ethel Lina White
  Ethel Lina White nació en Abergavenny (Gales). Sus biógrafos no se ponen de acuerdo en la fecha: ¿1876, 1884, 1887? Según un sobrino, debió ser en 1875. Murió en Chiswick (Londres) en 1944. Trabajó durante muchos años en la administración pública, hasta que lo dejó para dedicarse solo a la literatura. Empezó a escribir muy joven, primero para niños, luego relatos y después novelas. Ya tenía los cincuenta cuando publicó la primera de sus historias detectivescas.
  Tiene un estilo brillante, unos diálogos ágiles, hace magníficas descripciones tanto de personajes como de ambientes y situaciones y no le falta humor. Decía que las novelas policiacas debían ser prefectas y escribía y reescribía sus textos hasta la saciedad.
  La escritora ocupa un lugar de honor entre las damas del crimen que marcaron el ritmo en la llamada Época Dorada de la novela detectivesca británica, en el periodo de entreguerras. Fue tan famosa en su época como Agatha Christie Dorothy_L._Sayers y en algunos aspectos las supera. Por ejemplo, en el humor,  en una visión feminista y en una elegante mala leche.
 Ethel Lina White escribió 17 novelas policíacas, entre ellas la también magnífica La escalera de caracol, llevada al cine en 1945 por Robert Siodmak. Tiene, como La dama desaparece, un punto de intriga psicológica. Narra la peripecia de una joven dama de compañía que empieza a trabajar en una mansión aislada, habitada por un profesor viudo, su hermana y su madrasta, cuando se produce una serie de crímenes de muchachas.
  La escalera de caracol es prácticamente inencontrable. Ojalá alguna editorial, como Alba, en su atractiva colección Rara Avis, la rescate como ha hecho con La dama desaparece.


La dama desaparece

Ethel Lina White

Traducción de Enrique Maldonado Roldán

Alba Editorial

312 páginas. 19,50 euros

Ebook, 9,49 euros