lunes, 9 de noviembre de 2015

Rocco Schiavone sigue exiliado



  (Lilian Neuman)
  Rocco Schiavone no puede quitarse el frío del cuerpo, ni el silencio. Vive y trabaja en donde menos le gustaría estar: al norte de Italia, en el valle de Aosta; el paraíso de los amantes del esquí y de la vida apacible, de las nieves mullidas y de las calles en silencio. Como ya señaló Rosa Mora en este blog, el paisaje es un hallazgo, y esta segunda entrega de la serie –la primera fue Pista negra-, es una ratificación: Schiavone es el antinórdico, el mediterráneo incrustado en una posible novela de Asa Larsson. (Y pensando que las bajas pasiones no distinguen entre norte y sur, pero sí posiblemente sus formas externas).

  Schiavone no está allí por elección, sino por castigo. Es un exiliado de Roma por sus superiores y por un motivo que le honra: no tuvo miedo de un  poderoso ministro a la hora de cazar a su hijo, violador en serie (hay otros rasgos suyos que le honran menos, ya se verá).
  En este clima gélido, acude a la casa de un matrimonio respetable y católico. La esposa cuelga del techo de su habitación: o suicidio, o alguien quiso que lo pareciera. Y desde Roma hay coletazos de aquel caso que lo destinó a este mundo helado. 
  Habrá que ver más adelante si se producirá (o no) una adaptación al medio. Si en próximos libros Schiavone podrá con sus fantasmas interiores. Por ahora, cabe detenerse en algunos rasgos de este tipo que contesta “me la suda” y peores cosas. Es como si a Salvo Montalbano le hubiesen tocado algún punto de su cerebro –o anulado su super yo- para ser mucho más incorrecto, corrupto si cabe y fuera de la ley. O como si a Salvo le hubiese salido un primo más salvaje y neurótico. No menos inteligente que él. 
Antonio Manzini-  FOTO ANA PORTNOY
  Buen amigo de sus amigos de infancia (casi todos ellos acabaron del lado de los delincuentes), Schiavone es un acabado producto de la incorregible Italia. Con cierta clase de gentes no se puede usar guante blanco. Rocco puede ser desagradable, y puede ser tan sincero que desarma. Aquí es admirable su forma de descubrir la trampa de este crimen (elucubra y tiene iluminaciones súbitas como Montalbano).  
   Rocco no necesita un lector que lo juzgue, sino que le entienda. Es heroico y, aunque descreído, en el fondo cree firmemente, si no en la justicia, en una justicia. Para esclarecer un crimen, declara, debe meterse en la mente enferma del criminal. Bajar a las cloacas, permanecer allí agazapado “…hasta que el culpable, el malnacido, se ponía a tiro. Después ya podía salir de nuevo a la superficie y lavarse. El problema era que tardaba días, a veces meses, en quitarse toda esa mugre”.
  Olvidaba decirlo: el tema, el gran tema en este libro con título de película de Katharine Hepburn son las mujeres: con o sin ellas. Agredidas y humilladas. Gloriosas y en decadencia. Inolvidables y jóvenes. Astutas, hermosas o viejas.
  Se le agradece.
  
 La costilla de Adán/La costella d'Adam
Antonio Manzini
Salamandra
Traducción de Regina López y Julia Osuna/Anna Casassas Figueras
252 páginas/256 páginas
17.00 €

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