sábado, 1 de febrero de 2014

Wallander, cómo empezó todo


(María Eugenia Ibáñez)


  Quienes añoramos a Kurt Wallander nos hemos acercado Huesos en el jardín con profunda veneración, a sabiendas de que esta novela de Henning Mankell no es una continuación de la serie sino una apostilla de la misma, casi un texto rescatado del olvido. A la postre, la lectura del libro nos convence ya definitivamente de que hemos perdido a Wallander, de que, quizá, en el mejor de los casos, nos reencontraremos con su hija, con Linda, pero ni siquiera eso es seguro. Tengo la sensación de que Mankell ha puesto en las librerías Huesos en el jardín para zanjar las especulaciones sobre un posible regreso de su querido inspector, al que dejó muy maltrecho en El hombre inquieto, esta sí, la última novela con las peripecias del policía sueco.

   Es de rigor explicar que Huesos en el jardín fue escrita en el 2002 para una edición holandesa y que desde entonces no se había traducido a ninguna otra lengua, aunque fue utilizada para la serie de la BBC que protagonizó Kenneth Branagh. La novela es la más breve de las escritas por Mankell, 158 páginas, y esa extensión marca la diferencia con las obras anteriores, si bien en la trama queda intacta la marca Wallander, el movimiento de los personajes, sus reacciones, el pesimismo del policía, su obsesión por los detalles, su habilidad para interpretar las en apariencia nimiedades, sus sueños siempre relegados, la casa, el perro. Pero sí se echan de menos las largas disquisiciones del autor sobre la pérdida de valores, sobre el bien y el mal, sobre lo que debería ser y no es, esos razonamientos que, más allá de la pulcra resolución de un delito, han hecho de Mankell un autor diferente, crítico, punzante con una sociedad que ya no entiende.



   La novela se lee de un tirón y con interés. La trama arranca a partir de uno de esos sueños perdidos de Wallander, la búsqueda de una casa aislada y con jardín. Su compañero Martisson le ofrece la posibilidad de adquirir la finca de un pariente y en la visita previa a la compra el inspector descubre enterrados, primero los restos de una mano y, después, del cadáver completo, cuya identificación acabará obsesionando al policía. La narración avanza con rapidez, los diálogos son fluidos y mucho más frecuentes que en otras obras de la serie. El final, coherente con la trama, sin estridencias ni trampas de última hora. El sello de Henning Mankell.



   Pero con el desenlace de la novela no se llega al final del libro. Siguen unas escasas veinte páginas de un interesante posfacio en las que el autor nos explica cómo empezó todo, cómo nació su criatura literaria, cómo fue creciendo el personaje de Wallander, la génesis de sus diez novelas e incluso anécdotas en la relación con los lectores. En esas páginas se nos aparece un Walander casi de carne y hueso, con un perfil físico y unos hábitos de vida que definen sus enfermedades y un autor que parece rebelarse contra su personaje, que se debate entre seguir dándole vida o dejar los relatos policíacos y dedicarse a escribir sobre teatro u otros temas. Algo así como una historia de amor que alterna la pasión y el sufrimiento, que se repite  una y otra vez aquello de “déjalo mientras sea posible”…hasta que lo deja.

El posfacio del último libro de Wallander en castellano también rompe tópicos, por ejemplo el del pesimismo de Henning Mankell. Cito una de sus últimas frases: “El libro físico jamás desaparecerá. Y creo que también habrá cada día más personas que, sin ser retrógradas, volverán al libro de papel”. Todo un ejercicio de optimismo.

                   

Huesos en el jardín/Ossos al jardí

 Henning Mankell

Tusquets/L'ull de vidre

Traducción de Carmen Montes Cano/Marta Casas

178 páginas/192 páginas

17 Euros

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