jueves, 2 de julio de 2015

¡Maten al cocinero!

(Rosa Mora)
  Páginas y páginas en los diarios, en las revistas, en los suplementos, en programas y concursos de televisión, en la radio, en Internet, gastrofiestas (“una colisión creativa entre comida, música y arte”)… Todo para el mayor placer de gourmets, gastrónomos y foodies, una industria, un negocio potente y publicitado gratis la mayoría de las veces… y otras, un hartazgo. Por eso no está mal que de vez en cuando asesinen literariamente, solo en la ficción -seamos políticamente correctos-, a un gastrónomo o a un cocinero.
  En Un cadáver entre plato y plato, de Tom Hillenbrand, un crítico gastronómico de la guía Michelin muere entre el primer y el segundo plato en un restaurante de Luxemburgo. En Demasiados cocineros, de Rex Stout, el asesinado es un chef, acuchillado por la espalda, mientras sus colegas participaban en un concurso para averiguar los nueve condimentos de una salsa. La primera fue publicada originalmente en 2011 (2013, en España) y la segunda apareció en Estados Unidos en 1938 y recuperada aquí este año por Navona. O sea que el frenesí culinario no es un fenómeno nuevo.
  Nero Wolfe, el exquisito detective privado creado por Stout en 1934, apasionado de la buena mesa y del cultivo de las orquídeas, es el encargado de resolver el asesinato del cocinero. El escenario es sencillo y la trama aún más. Reputados chefs de medio mundo celebran una convención en un lujoso balneario en Filadelfia.     
  Wolfe es el invitado de honor para dar una conferencia sobre la contribución norteamericana a la haute cuisine. En esa época Francia y el francés mandaban en la cocina internacional y todos adoraban a Brillat-Savarin

Rex Stout. Fotografía de Wikipedia
  El paquidérmico detective sólo acepta descubrir al asesino a cambio de la secretísima receta de la saucisse minuit.
  Para los académicos especialistas en géneros, subgéneros y subsubgéneros, Nero Wolfe puede inscribirse en la corriente Armchair Detective, investigadores que trabajan a distancia. No acuden al escenario del crimen, ni interrogan a los testigos ni se matan buscando pistas y pruebas. Tienen quien lo haga por ellos. En este caso, Archie Goodwin,  secretario, guardaespaldas, taquígrafo y lo que haga falta, y el tosco huelebraguetas Saul Panzer.
   Goodwin es, además, el narrador de las historias de su patrón. En esto, Rex Stout (1886, Indiana-Connecticut, 1975) se inspiró, como tantos otros autores (Arthur Conan Doyle o Agatha Christie, por ejemplo), en el number one, Edgar Allan Poe. Este autor imprescindible y polifacético escribió el que es considerado el primer relato de detectives, Los crímenes de la calle Morgue (1841). Su criatura, Auguste Dupin, investigador por afición, tiene un amigo que narra sus peripecias y con el que vive en un destartalado edificio del parisino Faubourg Saint-German. De ahí salieron el Watson de Sherlock Holmes o el capitán Hastings de Poirot.
  Puestos a clasificar, me gustaría meter a Wolfe en un grupo de detectives divinos, que no maestros. Son diletantes, ricos, esnobs, cosmopolitas y, en general, se dedican a la investigación criminal por placer. El neoyorquino Ellery Queen, que disfruta de la herencia de su difunta madre, lleva quevedos y usa bastón y a menudo echa una mano a su padre, el inspector Queen.  El también norteamericano Philo Vance, coleccionista de arte, cosmopolita. Vive como un rey gracias a la herencia de una tía. Se distingue por llevar monóculo y es prepotente y despectivo (con quien puede).
  Lo de Thomas Linley, conde de Asherton, es pura vocación, siempre quiso trabajar en Scotland Yard aunque algunos de sus colegas recelan de sus orígenes aristocráticos. Ha estudiado en Eton y Oxford, es muy educado y amable y de vez en cuando padece de mal de amores. Lord Peter Wimsey, segundo hijo del vigésimoquinto duque de Denver, es un dandy de la alta sociedad británica, héroe de guerra (de la primera mundial), ha sufrido mucho y le interesa la cosa criminal de forma amateur.
  Todos son divinos ¿verdad? Las novelas protagonizadas por Wimsey  (Dorothy L. Sayers) son las mejores y más literarias; permanecerán aunque las modas y costumbres cambien. Las de los otros personajes son historias de detectives. Demasiados cocineros es entretenida y cuenta bien un pequeño mundo de amistades, competencia, celos, envidia y mucha comida y bebida. Es divertido ver cómo se las gasta esa panda de maîtres y chefs. El cocinero asesinado no da ninguna pena porque es malo. No sólo roba ideas y recetas de sus colegas, también les birla alguna de sus mujeres.


Demasiados cocineros
Rex Stout
Traducción de José Luis Piquero
Navona
280 páginas. 13.50 euros

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